Política

La rebelión de la tropa: la militancia dejó solos a Uñac y Andino

No fue la oposición. No fue un editorial adverso. El golpe más incómodo para el peronismo sanjuanino llegó desde adentro: la propia militancia comenzó a preguntarse por qué tiene que salir a defender gestiones que no condujo, decisiones que no tomó y dirigentes que, cuando llega la hora de dar explicaciones, parecen esperar que otros pongan la cara.

La rebelión de la tropa: la militancia dejó solos a Uñac y Andino
Hay momentos en la política en los que una conversación de WhatsApp dice más que cien actos partidarios. Eso parece haber ocurrido en las últimas horas dentro de un grupo político del peronismo sanjuanino. A partir de una nota crítica sobre la administración de los recursos de la provincia durante las gestiones de Sergio Uñac, comenzó a circular el pedido de salir a defender al exgobernador. La reacción no fue la esperada. No hubo una catarata de militantes dispuestos a empuñar el teclado. Hubo reproches. Y los reproches no fueron contra Marcelo Orrego. Fueron contra la propia dirigencia. Ese es el dato político. La militancia, al menos la que participa de esa conversación, parece haber dicho basta. Basta de poner la cara por decisiones ajenas. Basta de salir a defender lo que considera indefendible. Basta de pelearse con el actual gobernador por orden de quienes condujeron la provincia durante doce años. La frase que atraviesa el intercambio es brutal por su sinceridad: ¿por qué siempre tienen que poner el cuerpo los mismos mientras otros, los que tuvieron cargos, poder y responsabilidad, miran la pelea desde afuera? No es una pregunta menor. Es una impugnación a la relación entre conducción y militancia. Durante años, el peronismo sanjuanino funcionó con una lógica bastante clara: la dirigencia decidía y la militancia acompañaba. Cuando había que llenar un acto, ahí estaba. Cuando había que caminar un barrio, ahí estaba. Cuando había que defender una gestión, también. Pero algo parece haberse roto. Porque esta vez, ante el pedido de salir a responder críticas a la gestión de Uñac y de confrontar políticamente con Marcelo Orrego, algunos militantes respondieron con una pregunta incómoda: que se defiendan quienes condujeron. Es difícil encontrar una síntesis más clara de la crisis. La militancia no está diciendo que se haya vuelto opositora. Tampoco está abrazando al gobierno de Orrego. Está diciendo algo mucho más delicado para la conducción peronista: no queremos pelearnos con el gobernador por ustedes. Y eso cambia todo. Porque hasta ahora el relato del PJ suponía que la militancia iba a cerrar filas frente a cualquier cuestionamiento a las gestiones anteriores. Que, llegado el caso, iba a salir a las redes a responder, a confrontar y a defender. Las capturas muestran que ese reflejo ya no es automático. Que hay cansancio. Que hay distancia. Y, sobre todo, que hay una pregunta que nadie en la conducción parece haber querido contestar: si la gestión fue tan buena, ¿por qué tienen que salir los militantes a defenderla? ¿Por qué no lo hacen quienes la condujeron? ¿Por qué no hablan quienes firmaron las decisiones? ¿Por qué no explican quienes administraron los recursos? ¿Por qué la tarea de defender doce años de gobierno recae sobre personas que no tuvieron despacho, presupuesto ni poder de decisión? En ese punto, el reclamo deja de ser una discusión de redes sociales y se convierte en una discusión de autoridad política. Porque la conducción que pierde la capacidad de pedir sacrificios sin recibir cuestionamientos empieza a perder algo más profundo: la confianza de su propia base. Y en ese escenario, los nombres de Sergio Uñac y Cristian Andino quedan inevitablemente en el centro. No porque alguien los haya atacado desde afuera. Sino porque la conversación interna los deja frente a una realidad incómoda: cuando llegó el momento de defender el legado político que representan, la militancia ya no salió corriendo. Se detuvo. Miró hacia arriba. Y preguntó por qué siempre le toca a ella poner la cara. Ese gesto puede parecer pequeño. No lo es. En política, las derrotas electorales se ven en las urnas. Las crisis de liderazgo, en cambio, suelen empezar mucho antes. Empiezan cuando los militantes dejan de repetir consignas y comienzan a hacer preguntas. Cuando ya no aceptan pelear batallas que sienten ajenas. Cuando entienden que defender un proyecto no puede significar defender, sin explicaciones, a quienes lo condujeron. La oposición podrá seguir criticando a Uñac. Marcelo Orrego podrá seguir gobernando. Pero el problema más serio para el peronismo sanjuanino ya no parece estar afuera. Está adentro. Porque una dirigencia puede soportar durante años los golpes de sus adversarios. Lo que resulta mucho más difícil de administrar es el día en que su propia militancia decide que ya no quiere ser el escudo de nadie. Y ese día, al menos en esas conversaciones que hoy circulan, parece haber empezado. No fue un adversario externo quien dejó solos a Uñac y Andino. Fue algo mucho más inquietante para cualquier dirigente político: una parte de la militancia que, cansada de poner siempre la cara, decidió empezar a pedir cuentas.
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